ORGULLO Y MODESTIA

Foto: El Bibliomata

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Existen dos tipos de orgullo: uno bueno y otro malo. El orgullo bueno es aquel que no incomoda a los demás, por ejemplo decir, “me siento orgulloso de la decorosa actuación que tuvo mi país en los juegos olímpicos”, o “me siento orgulloso de las notas que obtuvo mi hijo en el examen final”, “me enorgullezco de contarme entre tus amigos”, y, como estos, hay cantidad de ejemplos.

Pero el otro orgullo, aquel en el que siempre está siempre presentes la prepotencia, la soberbia, la falsa vanidad y la fanfarronería, causa fastidio y rechazo.

Hay quienes presumen de méritos inmerecidos o inexistentes, pues quieren exhibir una falsa apariencia de lujo e intelectualidad, pues lo que desean ardientemente es ser admirados por cualidades de las cuales carecen y que sólo existen en su imaginación. Parecen pavos reales parados sobre un basurero.

La verdad es que nadie es inmune a los halagos, a todos los seres humanos les agrada ser admirados. Eso lo saben los aduladores quienes no pierden la oportunidad de alabar a los más poderosos, para ganarse sus favores.

El orgullo es una especie de vanidad, y las mujeres por naturaleza son vanidosas de su belleza y sus encantos. Eso lo saben muy bien los laboratorios de productos cosméticos y no pierden oportunidad para promocionarlos a través de la radio, la televisión, las revistas y los periódicos para así cautivarlas, haciéndoles creer que lucirán aún más bellas y prolongarán su juventud, usando sus productos, que suelen ser caros, inútiles y hasta venenosos, pero ellas, ingenuamente, piensan que entre más caros son mejores.

La modestia es buena, pero el exceso de humildad puede ser tan destructiva como lo es el orgullo. Es signo de mal gusto y prepotencia proclamar que uno está por encima de los demás porque tiene más dinero, porque es más intelectual, o porque es mejor parecido, pero irse al otro extremo, es denigrante. Jamás se debe perder la autoestima hasta el punto de considerar que uno no es digno de merecer respeto y afecto, ni de alcanzar metas que lo conduzcan a la anhelada y esquiva felicidad.

Las personas que tienen baja su autoestima o amor propio, permiten que otros las maltraten. Su complejo de inferioridad las convierte en víctimas voluntarias.

El gran filósofo griego, Aristóteles, decía que la virtud es el justo medio. Es decir, no pecar ni por exceso ni por defecto.

Es muy importante cuidar nuestras palabras, pues ellas son el espejo del alma. No debemos adular, pero tampoco debemos humillar. Debemos respetar, para exigir respeto.

Lamentablemente, en los tiempos modernos. quizás debido a la influencia de los programas de televisión, se ha incrementado mucho el narcisismo y el público tiene mucho que ver en este fenómeno, pues han “divinizado y endiosado” a actores, actrices, cantantes y demás personajes de la farándula y quienes los jóvenes tratan de imitar.

Muchas personas, cuando están en la prosperidad, olvidan que todos, absolutamente todos, tenemos una misma meta final de la que no podemos escapar: la muerte.

José M. Burgos S.
burgos01@bellsouth.net

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