La Argentina postcristinista

El servicio de investigación de Bloomberg calculó el “índice de la miseria” para 2015 y Argentina quedó en segundo lugar entre las 15 economías más miserables del mundo, Venezuela, Argentina, Sudáfrica, Ucrania y Grecia quedaron como las primeras cinco economías más “dolorosas para vivir y trabajar”.”El supuesto desendeudamiento es también una mentira. La deuda pública que el gobierno de Cristina va a dejar asciende a US$250.000 millones, es decir más de US$100.000 millones por arriba de la que existía al final del 2001. Como porcentaje del PBI, la deuda pública representará, a fines de 2015 el mismo porcentaje del PBI que representaba al final de 2001.”

El cristinismo entregará el poder en diciembre de este año dejando una situación totalmente traumática y tenebrosa a quien lo suceda en el poder; lo realmente grave escque 12 años de Gobierno K, desaprovecharon la segunda mejor década de la historia argentina en materia de “términos de intercambio”, pues después de la década de inicios del siglo XX, ésta fue la única otra en la que dichos “términos de intercambio” fue absolutamente favorasbles para el país. ¡Pues en esto nos han convertido casi 40 años de desgoibiernos civiles y militares! Pues unos y otros dedicaron sus esfuerzos en destruir la Nación y convertirnos en un “paisíto del tercer mundo subdesarrollado”, mal que les pese a los radicales, peronistas y a la oligarquía financiera y contratista que gobernaron económicamente al país desde aquel triste 24 de marzo de 1976. Ayer lunes 2 de marzo se conoció a través de un informe del servicio de investigación de la agencia Bloomberg, que especificó en el mismo cuales eran los países donde calculado el “índice de la miseria” para 2015, se incluía en éste a los quince (15) peores países del mundo. Argentina quedó en segundo lugar entre las 15 economías más miserables del mundo. Se trata de un ranking que se publica anualmente de las 15 peores economías y se construye en base a: “la suma de la inflación y la tasa de desempleo por país”, debido al efecto debilitador que tienen estas variables sobre los habitantes.

Venezuela, Argentina, Sudáfrica, Ucrania y Grecia quedaron como las primeras cinco economías más “dolorosas para vivir y trabajar”. Según informó la empresa de información sobre finanzas y mercados, el índice no presentó muchos cambios en sus primeros cuatro puestos con respecto al año pasado -2014-, ya que también incluían a Sudáfrica, Argentina y Venezuela. El país bolivariano lideró el ranking con una tasa de inflación de 78,5%, que cuadriplicó al de la cuarta economía más miserable: Ucrania. El informe también resaltó sobre Venezuela los problemas de escasez de productos básicos. España, Rusia, Croacia, Turquia, Portugal, Italia, Colombia, Brasil, Eslovaquia e Indonesia, completaron el ranking de las 15 economías. ¡Todo muy diferente a la Argentina que nos presentare Cristina Fernández apenas hace 48 horas en su interminable Cadena Nacional “de la alegría y el reto”, pronunciada en ocasión de haber inaugurado su 8º ciclo legislativo como Presidente Argentino.

El último discurso presidencial ha sido tan delirante como todos los demás. Aprovechó el “tinte de conventillo” para, totalmente irrespetuosa, referirse al fiscal muerto Alberto Nisman. Cuando la oposición mostró en ese recinto de sesiones los “carteles alusivos” a Nisman ella pareció que en su encrespamiento se le salían los ojos de las órbitas. “¡Enojo y espanto desfiguraron su rostro!” Y a continuación lanzó irracionales y descontextualiadas cataratas de mentiras, porque sabía, y lo supo aprovechar, que nedie podía interrumpirla para explayar su exacerbado histrionismo. El resultado fue pobre y deslucido: “no logró enaltecer su imagen desacreditada totalmente, a lo largo de tediosas cuatro horas” que terminó durando su “último acto”, porque no fue una inauguración del ciclo legislativo, terminó siendo un simple acto político partidario vacío de contenidos, propuestas y respuestas al pueblo argentino. Ese discurso de campaña fue prolongado, tedioso autorreferencial. Sus modos, maneras y léxico dejaron mucho que desear.

Se dedicó a retar a algunos, bastantes, se burló de otros y terminó, como siempre, amenazando a quienes piensan diferente, “!y a quienes se atreven a fallar en contra de sus deseos”. ¡Fue más de lo mismo! Esperé, y me dije incoscientemente: “se despide”, tendrá un gesto de humildad y greandeza y hasta se permitirá decir “hay cosas que no hice bien, y por esas pido disculpas”, pero no fue capáz, ni siquiera dio el pésame tardío al fiscal muerto, a su madre y a sus hijas, y mucho menos agradeció a este pueblo que la supo soportar durante largos y críticos 7 años y casi medio. ¡Nada de eso sucedió, y terminó por demostrar lo que és: “una Presidente que actúa y decide según su humor, demostrtó ser una Presidente que está totalmrente sola”, aunque afuera estuviere contenida por infinidad de “llevados y arrastrados” por salarios, planes o prebendas y adentro por camporistas que la vitoreaban a cada palabra… “¡Pero qué sola que estaba!” La síntesis de ese acto político quiso ser una demostración de una Presidente “fuerte” y lo único que demostró fua a una mujer enojada por dejar el cargo una vez “cumplido su mandato, y no antes…Y que no puede seguir haciendo lo que le viene en gana”. ¡Todo muy, pero muy verdaderamente triste!

Termina, aunque se niegue a entenderlo, un ciclo y deberá comprender que Argentina no es “un reino feudal”, como lo fuera Santa Cruz, donde pudieron hacer lo que quisieron. El ciclo de Gobierno de la Presidente llega inexorablemente a su fin; se va muy enojada, con la división que “ella, solamente ella, propulsara” haciendo realidad el “ellos y nosotros”. En un futuro muy oróximo, le espera no “su lugar en el mundo” como hubiere deseado, sino que un largo trajinar por los pasillos tribunalicios, no solo a ella y su entorno más cercano, sino a muchos/as otro/as que refrendaron todas y cada una de las barbaridades y desfalcos llevados adelante y en amplia contravención con las leyes y con la Constitución Nacional. Tendrá y quizás hasta le sobrará tiempo para pensar, quiera Dios así sea, que no existe ni es bueno “fomentar el odio y la división entre los argentinos” y que todos/as nos merecemos vivir en una Nación donde la educación, la seguridad y la salud sean prioritarias, y donde podamos transitar libremente por calles, rutas y parques, sin temor a que nos maten a nosotros, nuestros hijos, padres, hermanos, maridos, mujeres o familiares… “¡simplemente esto!”

Cristina Fernández sólo “dejó un país cómodo” para en su ironía ante la Asamblea Legislativa sobre el país “incómodo” que le dejará al próximo gobierno, enumerando supuestas cifras positivas sobre la economía. Pero más cómodos estarán los empleados públicos que se contrataron durante la gestión kirchnerista, especialmente durante el mandato cristinista y en el Gobierno nacional, que fue el que más contratos realizó. De 2003 a 2015 la plantilla de trabajadores en el Poder Ejecutivo Nacional trepó un 46,1%. Según FIEL, el trabajo cayó 1,3% el año pasado, pero el empleo público siguió en alza y marcó un incremento del 4,5%. La cadena británica “BBC”, publica este martes 3 una columna de su corresponsal en la Argentina que analiza por qué los argentinos se obsesionan con ser “un país normal”. “Los argentinos se refieren habitualmente a sí mismos como un pueblo que vive de crisis en crisis, con una capacidad de adaptación infinita. Acostumbrados a quedarse al borde del abismo por las sacudidas económicas y la inestabilidad política de las últimas décadas, pero sin llegar a dar el paso al vacío”, concluye el artículo.

En 2012 un informe de IDESA (Instituto para el Desarrollo Social Argentino) reveló que desde 1997 el empleo público viene en aumento, con algunas fluctuaciones hasta 2003 cuando el incremento se hizo sostenido hasta llegar a los 1,5 millones de empleados públicos en todo el país, a una tasa de crecimiento cinco veces mayor que la poblacional. “¡Gestión K!” Pero el Instituto aclaró que “la información disponible sobre empleo público es escasa y fragmentada”, así que podrían ser muchos más. Sin embargo, las conclusiones centrales fueron que “los años 1997 y 2011 la cantidad de empleados en el sector público nacional pasó de 720 mil a 1,5 millones, es decir una tasa de crecimiento promedio de 5% por año”. Ahora, según FIEL, tomando también cifras oficiales, determinó que entre 2003 y 2014 sólo el Poder Ejecutivo Nacional (PEN) aumentó su plantilla laboral 46,1%, y la mayor expansión se dio durante el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. Datos privados estiman que en total hay en la actualidad unos 3,5 millones de empleados públicos con los que se intenta compensar la pérdida de puestos en el sector público por la estanflación que sufre la economía. Una muy pesada carga para la próxima administración, que además deberá lidiar con mucho personal “no capacitado para las tareas asignadas y que pertenecen a jóvenes de agrupaciones cristikircheristas”. En el sector privado, según FIEL, el trabajo cayó 1,3% el año pasado, mientras que el empleo público trepó 4,5%. Esta dinámica se repite desde 2008, según explicaron. El mayor reclutamiento estatal se da en las provincias, y luego aparecen la Nación y los municipios. “En los últimos siete años el empleo público creció siempre muy por arriba del privado”, afirmó Juan Luis Bour, economista jefe de FIEL y especialista en mercado laboral, en declaraciones al diario La Nación este martes 3/03.

Según consta en el Boletín Fiscal, según información presentada por el Ministerio de Economía en enero pasado (2015), en el tercer trimestre de 2003 el PEN contaba con 245.366 empleados. Los datos del mismo trimestre de 2014 muestran que el sector que incluye a todos los ministerios y a las diversas modalidades de contratación suma hoy 358.491 trabajadores. Los números oficiales no contemplan los llamados tercerizados, que les facturan a empresas o universidades, pero en concreto trabajan en el Estado. El sector que más se expandió en los últimos años fue el de las empresas y sociedad estatales. Desde el tercer trimestre de 2006 hasta el mismo período del año pasado, los recursos humanos de esas compañías crecieron 173,3%: pasaron de 9.566 a 26.151 empleados, sin contar el personal de Aerolíneas Argentinas, YPF, Correo Argentino, AYSA, Enarsa y Arsat, entre otras firmas. Los otros entes u organismos descentralizados del sector público no financiero mostraron en los últimos once años un incremento de 11,6% (de 9566 a 26.151 trabajadores). “El crecimiento del empleo público es elevado cuando la economía se contrae, como ocurrió en 2009 y en 2014”, explicó Bour. Los ministerios con más personal en planta permanente y transitoria son los de Defensa y Seguridad. Entre los contratados -más expuestos a la utilización de la política- el podio se lo lleva la cuñada de la Presidenta. De acuerdo con el Boletín Fiscal, Alicia Kirchner controla a 8.488 trabajadores en el Ministerio de Desarrollo Social. En la actualidad en el Estado hay 12.380 empleados que ganan más de 48.000 pesos brutos mensuales.

En tanto, en contraste con las estadísticas de los países latinoamericanos, Argentina sigue superando el promedio de desempleo de la región, según la consultora Economía & Regiones. El principal objetivo del gobierno en sus últimos meses es sostener la actual estabilidad financiera para llegar con el mayor grado de gobernabilidad posible a las elecciones presidenciales. El costo implícito de esta estrategia es descuidar el nivel de actividad en general y la creación de empleo en particular, donde espera compensar con el abuso del empleo público. La prestigiosa cadena británica BBC publica este martes 3 un artículo de su corresponsal en la Argentina que se enfoca en la “obsesión” de los argentinos por alcanzar un “país normal”, frase que se suele repetir ante hechos conmocionantes, como el reciente fallecimiento del fiscal Alberto Nisman, citado por la nota del periodista. A continuación el artículo completo porque merece ser releido y pensado: “¡Esto en un país normal no pasa!”, “¿Por qué no podemos ser un país normal?” “La Argentina tiene que volver a ser un país normal”… Se escucha en las calles, en las reuniones de amigos, en los medios de comunicación y en los discursos de los políticos. A este corresponsal, al que antes de aterrizar en Buenos Aires tanto le habían hablado de la arrogancia y aires de superioridad de los argentinos, siempre le extrañó por qué los argentinos parecen tener tan claro que no viven en “un país normal”, como si más que arrogancia llevaran a cuestas la cruz de una supuesta decadencia. Esta obsesión con la normalidad resurge cada vez que hay una noticia que sacude a la sociedad, como la reciente muerte del fiscal Alberto Nisman, que todavía está envuelta en misterio. Pero la recurrente frase de “esto en un país normal no pasa” se puede oír también cuando se corta la luz, cuando fallan los teléfonos o cuando la carretera queda cortada por una protesta.”

“¿Pero por qué exactamente se sienten tan “anormales” los argentinos? Según Alejandro Grimson, autor de “Mitomanías Argentinas”, el local tiende a interpretar la historia de su país como la de una nación que pasó de ser una gran potencia de glorioso destino a ser un absoluto desastre. En el imaginario se ve a la Argentina de finales del siglo XIX y principios del XX como un país europeo ubicado en un lugar equivocado, con la idea de que es una gran potencia mundial, el granero del mundo. En aquella época eso era muy discutido, pero 100 años después se tiene a ese país totalmente idealizado, como si hace un siglo la Argentina hubiese sido totalmente maravillosa”, le explica Grimson a BBC Mundo. Algunos dirían que Argentina fue una potencia a principios del siglo XX, otros que lo fue en los años del peronismo (años 50), pero todos parecen coincidir en que ahora el país vive en una permanente crisis”, cuenta el doctor en antropología en la Universidad Nacional de San Martín. Luis García Fanlo, profesor de Sociología de la argentinidad en la Universidad de Buenos Aires, asegura que la obsesión con ser normal tiene que ver con la construcción misma de la nación argentina “frente a la gran inmigración de fines del siglo XIX y principios del XX”. “El Estado implementó una serie de dispositivos patrióticos y un discurso sobre el argentino normal, buen argentino, argentino sano, basado en el positivismo médico y el darwinismo social de la época”, le dice a BBC Mundo.

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“Un argentino normal era quien adhería a la cultura del trabajo, no se metía en política y profesaba sentimientos patrióticos y de sumisión ante el orden social. Según el discurso de la clase dominante, fue primero el anarquismo, luego el Yrigoyenismo (por la presidencia de Hipólito Yrigoyen, de la Unión Cívica Radical) y finalmente el peronismo los que degradaron al buen argentino, generando un país “anorma”. Estos discursos se reprodujeron en el teatro, el cine, la TV, la literatura, la historieta, los diarios… hasta convertirse en el sentir común”, añade. Sin embargo, todos los países parecen sentirse únicos en sus conflictos. De algún modo, todos son un poco anormales. En mi país de origen, España, muchos no entienden que con el paso de los siglos se siga discutiendo sobre las lenguas, territorios e identidades de cada región. Cuando estudiaba en Bélgica, a nadie le parecía razonable que su país pudiera pasarse meses sin tener gobierno por la falta de acuerdo de sus partidos. En Estados Unidos no se entendía cómo una potencia mundial podía caer en el cierre de oficinas federales, con miles de funcionarios sin trabajar, por falta de acuerdos políticos. Y viviendo en México escuchaba con frecuencia aquello de que el surrealismo se inventó en su país. Pero entonces, ¿cómo es la normalidad a la que aspiran los argentinos? “El modelo era Estados Unidos para Justo José de Urquiza o Domingo F. Sarmiento (expresidentes durante el siglo XIX) y una simbiosis entre Inglaterra, Francia y Alemania para los positivistas oligárquicos de la época del centenario de la Revolución de Mayo (1910)”, explica García Fanlo.

“Pero en décadas siguientes los nacionalismos de derecha y los populismos radical y peronista, así como los militares, propugnaron que había que encontrar un modelo argentino propio sin ningún tipo de injerencia extranjera. Combinar las tradiciones con el desarrollismo, una modernidad conservadora auténticamente argentina”, añade. “¿Por qué no se alcanzó ese país normal? Para unos por el populismo, para otros por la izquierda revolucionaria, para otros por el imperialismo, para otros por las dictaduras militares o el peronismo; en general, por existir una conspiración internacional para evitar que los argentinos tengamos un destino de grandeza”, según García Fanlo. Hoy en día, apunta Grimson, muchos argentinos siguen mirando a EE.UU. y, sobre todo, a Europa. “Pero con un problema: la Europa que ellos imaginan es un lugar idealizado, donde a los mismos europeos les gustaría vivir. No es real”, aclara. “Es algo que vemos habitualmente en sociología: se anulan todos los problemas del otro, dejando solo los aspectos positivos, y se idealiza. Pero eso no sirve para un país, porque todos los países tienen problemas”. Los argentinos se refieren habitualmente a sí mismos como un pueblo que vive de crisis en crisis, con una capacidad de adaptación infinita. Acostumbrados a quedarse al borde del abismo por las sacudidas económicas y la inestabilidad política de las últimas décadas, pero sin llegar a dar el paso al vacío. La normalidad que muchos añoran podría interpretarse, entonces, como ansias de estabilidad. “Este es un país estresante”, señala Alejandro Grimson. “Lo es en términos económicos y políticos, porque es un país vertiginoso: los tiempos políticos son cortos cuando se la compara con otros países de la región y no hay continuidad política. Hasta los medios construyen la creencia de que cada diez años llega una crisis al país”, dice.

“Cualquier extranjero en Argentina aprenderá en cuestión de días que en pocos lugares hay tanta gente dispuesta a hablar mal de su propio país… y a su vez, tanta gente dispuesta a exclamar que como Argentina no hay otra en el mundo. Como el vino, el fútbol o la carne argentina no hay dos, dirán. Pero ningún país tiene tantos políticos corruptos y “vivos” como éste, o tantos “chorros” (ladrones), argumentarán. Los argentinos se quejan a menudo de vivir en “un país de m…”, pero a la vez dicen convencidos que es mejor que cualquiera de sus vecinos (“¡Si vas a las cataratas de Iguazú, mucho mejor del lado argentino!”). Nunca me imaginé que tendría la experiencia de vivir en el mejor y en el peor país del mundo al mismo tiempo. “Hay una contradicción que es que por un lado el resto del mundo está convencido de que los argentinos somos soberbios, pedantes, arrogantes, insoportablemente creídos… y que los argentinos dentro de la Argentina nos la pasamos hablando pestes de nuestro país”, dice Grimson.Y al mismo tiempo, dice, “todavía existe esa obsesión con ser los mejores, los campeones del mundo. Y esa es una trampa para la posibilidad de ser un país normal”. “Nos impusieron que teníamos que ser normales y a la vez nos dicen que no lo somos. Nos dicen que tenemos un destino de grandeza y a la vez que cada vez estamos peor”, argumenta García Fanlo. “La combinación entre la frustración por lo que deberíamos ser pero nunca llegamos a ser y esa idea de la conspiración internacional –explica– dan como resultado algunos de esos estereotipos”. Será que al fin y al cabo, como dice el sociólogo, “es difícil ser argentino”, termina expresando y consultando el periodista.

Buenos Aires, 3 de marzo de 2015.

Arq. José M. García Rozado

MPJIRucci – LIGA FEDERAL –

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