EL PROVEEDOR DE INIQUIDADES EN PARAGUAY


Por Luis Aguero Wagner

Como dijera Borges de las pandillas de Nueva York, hoy podemos decir que el origen de las mafias del narcotráfico que extienden su imperio forajido a lo largo de la frontera entre Brasil y Paraguay, tienen la confusión y la crueldad de las cosmogonías bárbaras.
Jorge Luis Borges escribió en 1935 “El proveedor de iniquidades Monk Eastman”, inspirado en el libro de Herbert Asbury, texto en el que se inspiró la película de Martin Scorsese “Pandillas de New York”, protagonizada por Leo Di Caprio.
Borges hizo suyo uno de los personajes históricos que mencionaba Asbury, Monk Eastman, y le dio su sello inconfundible. Eastman era, según el gran escritor argentino, caudillo electoral de una zona importante y cobraba fuertes subsidios de las casas de farol colorado, de los garitos, de las pindongas callejeras y los ladrones de ese sórdido feudo.
Asbury no era un gran escritor, pero a fines de los años 20 se había hecho famoso publicando entrevistas sensacionalistas. Borges, obviamente, leía sus historias y lo acercó a la gloria literaria en 1990, cuando su relato sobre Eastman fue usado como prólogo en una reedición de su libro sobre los gangster de Nueva York.
Ninguno de ellos se imaginó que los narcotraficantes de la frontera paraguayo brasileña recrearían sus historias, sin conocer el libreto, al caer la noche del miércoles pasado. Jorge Rafaat, señalado como capo del narcotráfico, fue emboscado por medio centenar de sicarios que tomaron las calles de la pequeña ciudad paraguaya y la convirtieron en un infierno.
Poco le sirvió a Rafaat el blindaje de su camioneta Hammer ante las poderosas armas de guerra de sus agresores, pues murió instantáneamente sin atinar a realizar movimiento defensivo alguno. Sus hombres, unas cuatro decenas de pistoleros, respondieron al fuego dando inicio a la versión paraguaya de la batalla de Rivington, pues ambos bandos se unieron para rechazar a la policía cuando intentó intervenir.
Dos veces intervino la policìa y dos la rechazaron, relataba Borges el choque entre dos bandas mafiosas que se unían contra las fuerzas del orden para poder seguir tiroteándose en paz.

De manera similar a lo relatado por Borges, unos cien héroes vagamente distintos de las fotografías que estarán desvaneciéndose en los prontuarios, unos cien héroes saturados de humo de tabaco y de alcohol, unos cien héroes de sombrero de paja con cinta de colores, unos cien héroes afectados quien más quien menos de enfermedades vergonzosas, de caries, de dolencias de las vías respiratorias o del riñón, unos cien héroes tan insignificantes o espléndidos como los de Troya o Junín, libraron ese renegrido hecho de armas en la sombra de los arcos del Elevated. La causa, narraba Borges, había sido el tributo exigido por los pistoleros de Kelly al empresario de una casa de juego, compadre de Monk Eastman. Uno de los pistoleros fue muerto y el tiroteo consiguiente creció a batalla de incontados revólveres. Desde el amparo de los altos pilares hombres de rasurado mentón tiraban silenciosos, y eran el centro de un despavorido horizonte de coches de alquiler cargados de impacientes refuerzos, con artillería Colt en los puños.
Borges decía que la primera convicción de los pistoleros enfrentados era de que el estrépito insensato de cien revólveres los iba a aniquilar en seguida; sensación que pronto se convertía en una errónea seguridad de que si la descarga inicial no los derribó, eran invulnerables. “Lo cierto es que pelearon con fervor, parapetados por el hierro y la noche. Dos veces intervino la policía y dos la rechazaron” sigue relatando el autor de la Historia Universal de la Infamia.
Lo sucedido en Pedro Juan Caballero solo puede entenderse recurriendo a la ficción de Borges, y sus explicaciones relacionadas a la “cuestión de límites” (sutil y malhumorada como las otras que posterga el derecho internacional) que puso frente a frente a Monk Eastman y Paul Kelly, célebre capitán de otra banda.
En Pedro Juan Caballero como en la Nueva York de Eastman y Kelly, los balazos y entreveros de las patrullas de narcos son las que determinan un confín, recordando la tierra de nadie en los límites del Amambay. Como una vertiente más del realismo mágico latinoamericano, la realidad vuelve a superar en este caso a la ficción.
Por mi parte, sin reflexionar mucho, puedo dar la razón al novelista Tom Clancy, quien afirma que la diferencia entre la realidad y la ficción es que la ficción tiene mayor sentido. Con mas razón si la mayoría de las historias relatadas por la prensa, también son ficción.
La versión paraguaya de Rivingston lo demuestra.
LAW

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