El voto nostálgico de Donald Trump

Dr. Darsi Ferret
Miami, Florida. 12 de noviembre de 2016.

Escribí hace dos días sobre el resultado de la elección y lo que interpreto llevó a Donald Trump a la presidencia, o sea, los celos, resquemores, miedos, resentimientos, rechazo, inconformidad y desacuerdo del hombre americano blanco, caucásico, religioso, de valores conservadores, de clase media y baja fundamentalmente, ante la amenaza que representa para ellos los cambios que gradualmente está sufriendo la sociedad norteamericana y que les representa una pérdida del status quo privilegiado que disfrutan, como es lógico, en su propio país. Reacción que es más que comprensible o no criticable. Y me refiero a ese componente demográfico especialmente porque fue el determinante con su voto en bloque para derrotar la aspiración presidencial de Hillary Clinton.

El voto de las mujeres, los afroamericanos, los hispanos o latinos, los jóvenes, los gay, los intelectuales, favoreció mayoritariamente a la demócrata en cada uno de esos otros componentes de la población estadounidense. El candidato republicano no ganó la mayoría de ninguno de esos estratos sociales, e incluso perdió hasta el voto popular, aunque se llevó el gato al agua con el voto electoral que es el que cuenta.

Fue ese hombre americano blanco, caucásico, religioso, de valores conservadores, de clase media y baja, quien votó y eligió en masa la opción de devolver a la Casa Blanca a un “igual”. Aunque sabemos que no son tan iguales, pues el discurso de campaña era para ellos, pero el Sr. Donald Trump pertenece a otro tipo de élite, a otro mundo distinto al de ese demográfico.

El voto “nostálgico”, decisivo o determinante, fue movido o motivado por la identificación directa con el gancho usado por Trump, o sea: “Hacer EEUU grande otra vez”. Claro, en la concreta el Sr. Trump no se refería a la nación, la que no ha dejado de ser la potencia hegemónica mundial más poderosa de todos los tiempos, sino que uso la frase para que fuera interpretada por ese demográfico mayoritario en el país, como: “te voy a devolver tu status quo privilegiado otra vez”. Y aquí viene la esencia del caso, pues se trata de una declaración o promesa manipuladora, irrealizable en todos los sentidos.

La llegada hace unos pocos años de la Globalización con el Internet, las redes sociales, el satélite, el celular y demás modernas tecnologías y dinámicas de la modernidad, aporta mayor voz, presencia, participación y protagonismo a todas y cada una de las minorías. Así como a sus protestas y reclamos. Situación nueva en la realidad global que conduce en el país no solo a un aumento de la competencia por los privilegios entre el blanco americano caucásico, religioso, de valores conservadores, de clase media y baja, con las mujeres, los afroamericanos, los hispanos o latinos, los jóvenes, los gay, los intelectuales, sino que hasta hizo realidad que un negro asumiera la presidencia de la nación y se mantuviera con su familia en la Casa Blanca por ocho años.

Otro hecho relacionado que demuestra hasta donde llega la amenaza para los genuinos privilegiados de esta sociedad, se constata analizando las primarias del Partido Republicano. Diecisiete candidatos se lanzaron de inicio en la contienda republicana y de ellos al final los que más cerca estuvieron, además de Donald Trump, fueron Marco Rubio y Ted Cruz, dos hijos de inmigrantes hispanos de nacionalidad cubana. Se trata de un hecho histórico, nunca antes visto, donde llegaron a colocarse a escasos metros de alcanzar la presidencia dos latinos de genes, y en momentos donde el presidente era un afroamericano. Para ponerle la tapa al pomo en cuanto a la amenaza, la contendiente Clinton es mujer y con una proyección y desenvolvimiento globalista.

Otro ejemplo claro de amenaza lo constituye la dimensión y expansión por el territorio estadounidense del idioma español. Hay lugares como el Condado Miami Dade donde, aunque no de modo reconocido, es el idioma oficial. También está el caso de que la comunidad latina asentada en EEUU se reproduce más en términos per cápita que las familias de esos blancos nacionales, e incluso que los afroamericanos, a los que están dejando bien atrás en referencia al número de la población total de ese demográfico específico.

Otra arista relacionada con este asunto es que se pasa por alto que este gran país es de los rubios de ojos azules anglosajones, es verdad. También es cierto que son ellos los artífices del desarrollo enorme y la evolución que ha posicionado a la nación como la más poderosa del mundo sin igual. Pero un pequeño detallito: los verdaderos y genuinos dueños de este país, los originarios, son los indios no los anglo. Estos últimos llegaron y se impusieron a sangre y fuego y, cierto, impusieron el desarrollo y la evolución de su cultura.

De alguna manera, aunque no en las mismas proporciones ni por la misma vía, ese fenómeno es el que se está dando con los actuales propietarios del país. La Globalización, la modernidad y la mezcla progresiva con otras etnias y culturas resulta para ellos un proceso evidente de despurización o competencia. El status quo del que disfrutaron tranquilamente está siendo invadido y disputado por los otros.

Lo real, mas allá de las reacciones que se asuman y las patadas de ahogado que provoquen, es que no hay vuelta atrás. No hay “Make America Great Again”, no al menos en el sentido que compraron la consigna. Para retornar a los tiempos dorados para ellos, tendrían que encontrar la fórmula de eliminar el Internet, las redes sociales, los teléfonos inteligentes, los satélites y demás dinámicas modernas. No se puede regresar en el tiempo llevando solo lo bueno que nos favorece.

Es por estas razones que el voto en las elecciones no fue anti sistema, ni anti stablishment. Ni siquiera se trato de un voto racista, sino nostálgico. Fue algo así como: devuélvanme lo que es mío, el lugar privilegiado que me pertenece. En resumen, espejismo y vana ilusión por parte de los encantados con la retórica del Sr. Donald Trump.

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